Un cenobio franciscano al servicio de Brozas
A un kilómetro escaso de Brozas, en el camino que lleva a Herreruela y a un paso de la Sierra de San Pedro, se levanta uno de los conjuntos histórico-artísticos más singulares de la comarca. Esta es su historia, reconstruida a partir del estudio de la profesora Carmen Díez González.
Fruto de la riqueza que gozaba la villa de Brozas en el siglo XVI y del fuerte sentimiento religioso que impregnaba la sociedad extremeña de aquel tiempo, se fundó, en 1554, el convento franciscano descalzo de Nuestra Señora de la Luz. Lo promovió el propio Concejo de la villa, junto a una antigua ermita del mismo nombre, y quedó vinculado jurisdiccionalmente a la Orden de Alcántara y al obispado de Coria.
Pedro de Ybarra y la traza del convento
Obtenidas las debidas licencias, las obras se iniciaron ese mismo año de 1554 bajo la dirección de Pedro de Ybarra, Maestro Mayor de la Orden de Alcántara, a quien se encargaron las trazas de la morada de los religiosos y la revisión del estado de la ermita. Con el concurso económico de la Orden y de la opulenta villa de Brozas, los trabajos avanzaron con rapidez: al cabo de tres años, en 1557, ya podían habitarlo algunos religiosos.
En 1559 la casa se incorporaba a la Provincia descalza de San Gabriel, aunque su remate definitivo debió producirse entre 1569 y 1592. En este último año, el Memorial del padre Moles afirmaba que el convento estaba ya acabado, era amplio y bueno, y poseía «el claustro más vistoso de la Provincia».
El claustro más vistoso de la Provincia
La pieza más singular del cenobio es su claustro renacentista, atribuido al propio Pedro de Ybarra, de excelente desarrollo y montea. Concebido con una planimetría de perfecta geometría, sobrepasa en longitud a la propia iglesia y ordena en torno a sí toda la vida conventual. Consta de dos cuerpos: el inferior, con arcos de medio punto sostenidos sobre columnas toscanas; el superior, más recogido, con vanos adintelados.
A partir del lado de la epístola, Ybarra desarrolló las dependencias monásticas —refectorio, cocina, «de profundis», almacenes y celdas— que con el tiempo adoptaron la forma de una «U» abierta a occidente, aprovechando el resguardo de las alas para levantar en la fachada un pórtico de orden toscano.
La iglesia, el camarín y la capilla de Santa Rosa
En planta y en alzado, es la iglesia el edificio que destaca poderosamente del conjunto. Las sucesivas reformas configuraron un interior de nave única, con capillas entre los contrafuertes, falso crucero y presbiterio rectangular, al que sigue un amplio camarín de proporciones cúbicas. Del templo primitivo pervive el arco toral, de perfil ojival, que embocaba la capilla mayor de la vieja ermita.
Por el flanco del evangelio se abre la capilla de Santa Rosa (1592-1598), levantada por los señores Diego Escobar de Ulloa y María Braceros; y desde la cabecera, un segundo oratorio da paso a las gradas que suben al camarín. Externamente, el conjunto se corona con un tambor octogonal que enmascara la cúpula.
El esplendor del Barroco
El siglo XVIII dejó en el convento algunas de sus piezas más celebradas. La airosa linterna de la cúpula que cubre el falso crucero adopta la forma de una corona decorada con putti y mascarones, de cierto aire portugués y andaluz. A ese mismo «barroco exaltado» pertenecen los relieves de la puerta reglar —la que comunica el templo con el claustro— y las pilas bautismales, recuperadas durante la restauración.
La leyenda del toro de San Marcos
La curiosa disposición de los pasos interiores del convento obedecía al recorrido que, el día de la fiesta de San Marcos, realizaba un toro por el templo y el claustro hasta simular besar el altar mayor. De gran fama en Brozas y sus alrededores, la costumbre fue finalmente prohibida por la Inquisición, que la consideró supersticiosa, y desapareció en el siglo XVIII.
Guerras, desamortización y una nueva vida agrícola
Como la propia villa, el edificio sufrió los embates de las guerras con Portugal, y a mediados del siglo XVIII se documentan diversas reformas. Con la Desamortización de Mendizábal, en el siglo XIX, el inmueble se enajenó y quedó dedicado a la explotación agrícola y ganadera, uso que, pese a algunos deterioros, lo mantuvo en pie. Se superponen así en él tres vidas: la ermita bajomedieval, el convento franciscano de la Edad Moderna y la explotación agropecuaria de los siglos XIX y XX.
Del abandono de finales del siglo XX nació, curiosamente, uno de sus mayores atractivos actuales: colonias de aves —cigüeñas, cernícalos primilla, grajillas, golondrinas y vencejos— hicieron del convento su refugio, hasta el punto de que la posterior rehabilitación se planificó respetando sus periodos de nidificación.
El renacer: de ruina a espacio con alma
En 1999, la empresa MAPALIA, S.A. —impulsada por D. Ramón Fochs— inició la transformación del conjunto, que se hallaba en estado de semirruina. El proyecto se desarrolló en dos campañas: una primera de consolidación y reposición de cubiertas (1999-2000), a cargo del arquitecto D. Antonio Amarilla, y una segunda de adaptación al nuevo uso, dirigida por el estudio Tanco y Béjar. Se respetaron íntegramente los espacios del periodo cenobítico, se recuperaron portadas y relieves, y se salvaguardó la apariencia externa reutilizando incluso la vieja teja árabe.
Hoy, catalogado dentro del patrimonio histórico y cultural de Extremadura, el convento conserva su carácter monástico mientras acoge una nueva vida: la de los encuentros, las celebraciones y las historias que aún están por escribirse.